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Paradojas de la vida

Paradojas de la vida

Hace mucho tiempo conocí a alguien y al instante sentí algo especial. Hablamos lo justo, lo suficiente para saber que latíamos en perfecta armonía pero ni la edad ni las circunstancias fueron propicias para más. Pasó el tiempo y muchos años después acabé día a día trabajando codo con codo con ella, y sin ser consciente de que era esa misma persona me volvió a ocurrir lo mismo; acabé sintiendo un cariño ( dejémoslo ahí ) muy especial por ella. Un buen día, inexplicablemente me vino a la mente algo y todo encajó en mi memoria.

Comencé a pensar que algo bonito y mágico había ocurrido, que el "destino" nos quería unir por alguna extraña razón, o que alguien "ahí arriba" se estaba mofando de mí .

No es la única situación del estilo que me ha ocurrido ni mucho menos y ello me obliga a creer en esoterismos sin explicación, más allá de lo que mi cordura me permite y me afano esterilmente en buscar razones cuando menos metafísicas a ello.

De entre todas las cosas, la más paradójica y llamativa, fue cuando después de casarme, durante el viaje de novios, entramos mi mujer y yo en la estación de Bayona, solamente para verla. A ambos nos entró una congoja realmente emotiva. Pensé: - Aquí he estado yo antes con esta mujer. - Me vino el extraño recuerdo de haberme despedido por última vez de ella hace una vida en aquel lugar.

Nos miramos, sorprendidos y extrañados y me dijo frunciendo el ceño tristemente: - Juraría haber estado aquí antes contigo. En otro momento, hace años, quizá en otra vida. - Le abracé, le dí un beso, le volví a mirar a los ojos diciéndole: - Estaba pensando exactamente lo mismo. -

Luego continuamos paseando por la ciudad y muchos sitios nos resultaron familiares. Incluso llegamos a reconocer lugares que creíamos desconocidos. Recordamos dónde estaba el viejo puente del comercio, que unía los barrios y el mercado, ahora destruído y abandonado. Aquel sitio nos volvió a estremecer, recordamos fugazmente las tardes que nos citábamos en aquel lugar; su rostro y su sonrisa muy diferentes pero sin duda la misma persona.

Llegué a recordar que ella era de familia acomodada y yo de la otra parte del puente, de los barrios. Ella recordó la tristeza que sufrió durante años, hasta que murió de pena, cuando me fui al frente, a defender Dios sabe qué estúpida bandera.

Convencidos de que estábamos locos no le dimos mayor importancia y continuamos nuestra luna de miel felizmente.

Años después, ya ni siquiera recordábamos aquella extravagante experiencia, volvimos a Bayona a coger un tren que nos llevaría a pasar un fin de semana romántico a París y volvimos a sentir lo mismo. Cuando subimos al tren sin darme cuenta le llamé Eloise y ella respondió como si ese fuera su nombre de toda la vida.

Luego se abrazó a mí sollozando sin poder decir nada.

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