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Mariposas en el estómago

Mariposas en el estómago

Toda la bioquímica humana relacionada con los sentimientos es algo que me intriga apasiona y me cuesta comprender desde la más tierna infancia. Desde que tengo un mínimo uso de razón he creído que vivir es sentir. Luego razono y concluyo que interrelacionar sentimientos se convierte en pensar y más aún, el origen de esos sentimientos son pequeñas reacciones químicas preestablecidas en nuestros instintos como respuestas lógicas a diferentes estímulos más o menos complejos.

De todas esos sentimientos característicos del ser humano hay uno por excelencia. Un extraño sentimiento casi místico, uno que surge de lo que escapa a mi entendimiento. Puede pasar mucho tiempo; 5 años, una década o más sin ver a una persona, a alguien a quien apenas conociste y en cambio esas agradables mariposillas revolotean en el estómago de nuevo al verla.

No es algo que se decida ni que se pueda evitar. Se puede mitigar, aplacar o incluso controlar pero el desencadenante inicial es imprevisible e imparable. No es nada razonado, se trata de algún sentimiento primario. Puedes cruzarte con muchas otras personas más atractivas al cabo del día pero en cambio tu estomago ni se inmuta.

Tengo la impresión de que todo procede del instinto de curiosidad. El instinto de curiosidad es uno de los más básicos. Es el que nos ayuda a aprender, el que nos impulsa a experimentar nuevas sensaciones y al mismo tiempo el que estimula los pensamientos complejos.

Podría decir que procede del instinto de supervivencia que es el que desencadena el sentimiento de enamoramiento pero quizá el amor sea otra cosa, y probablemente ni siquiera sea nada definido.

Puedes sentirte extasiado por la belleza de alguien, y no sentir ningún deseo sexual, ni sentir nada especial sino simplemente admirar la perfección de sus formas. Puedes sentir un tremendo ímpetu sexual por alguien que carece de belleza y tampoco sentir nada especial mas que placer sexual. Se pueden dar muchas combinaciones pero la más curiosa es aquella que se vuelve incontrolable; quieres saberlo todo de esa persona y que lo sepa todo de ti. Sin razón alguna, sin motivo; es simplemente ansias de experimentar la sensación del descubrimiento, de la euforia.

La curiosidad provoca euforia al experimentar una sensación que tan solo hemos imaginado que podría ser así. Eso nos hace sentirnos superhumanos, dioses, porque vemos realizado algo que hemos imaginado. Esas mariposas en el estómago son las mismas que nos impulsan a componer una canción, o escribir una historia, o incluso, seguramente, al hombre prehistórico a pintar en las cavernas.

Es el instinto de curiosidad imparable el que nos hace acariciar el paraíso, y esas mariposas son las que algún día nos llevarán hasta allí.

¿Quizá deberíamos hacerles caso más a menudo?

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3 comentarios

David -

but saved my lonely heart

David -

Curiosty killed the cat

Mary Jo -

ciertamente, se complementan y no hay nada como sentirlas. Me gustó mucho tu idea y comparto que la curisidad es el detonante de muchas decisiones.
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